RESILIENCIA: EL ARTE DE HACERSE RE-NACER (Artículo y poema)Una visión desde la Psicología Transpersonal
Autora: Virginia Gawel
Cuando hace más de 25 años conocí a esta Psicología me enamoré de ella. Porque mira al ser humano no a partir de lo patológico (como el antiguo esquema), sino apoyándose en lo más sano de cada uno, sus mejores valores, ayudándole a contactar con su Esencia (porción del Todo que nos anima en lo hondo). La Psicología Transpersonal (nacida de la confluencia de los conocimientos de Occidente con las antiguas Psicologías de Oriente) considera al resiliente como alguien que, a fuerza de dolor, ha trascendido sus propias superficies para hacer contacto con la fuerza de espíritu. La vida lo tajeó de arriba a abajo, pero juntó sus pedazos para seguir en camino.
Sí: el resiliente es un renacido: alguien que no tiene, en algún momento de su vida, la posibilidad de elegir, y le es dado atravesar un trecho de su camino que está como empedrado de brasas quemantes, dolorosas… Pero, una vez atravesadas (y a veces con alguna brasa quemándole todavía…) hay un punto crucial en el que sí puede elegir. Allí, en vez de tomar la opción de quedarse en el pantano dolor, lamentando lo que le tocó en suerte… aprovechará esas brasas para templarse como el acero: fuerte, flexible, potente… pero sensitivo. Éste ha sido el punto de partida de muchos hombres y mujeres que han dejado huella: personas que partieron de la orfandad, el impedimento físico, la pobreza, la discriminación, la injusticia…
Por citar solamente algún ejemplo, tomaría el de dos Premios Nobel de la Paz: en Argentina, Adolfo Pérez Esquivel. Perdiendo tempranamente a su mamá, se crió en un orfanato en condiciones de crudeza y soledad. A los 12 años vendía diarios y con moneditas se compraba libros que su alma anhelaba absorber. La brújula de su vida lo llevó a luchar pacíficamente por los derechos de los más humildes, de los pueblos originarios, de los que no tienen voz. Ni la prisión ni la tortura lo hicieron desistir. Hoy, a los 80 años, sigue trabajando como a los 40. Nelson Mandela: perseguido, discriminado, puesto en prisión injustamente durante 27 años, cuando fue liberado, como presidente puso todo su empeño en que Sudáfrica desarrollara un proceso de perdón inteligente para los que ejercieron tanta violencia hacia las personas de su raza.
Mandela describe que en esos años de prisión lo sostuvo como una oración un poema de William Henley cuyas palabras finales son: “Soy el maestro de mi destino. Soy el capitán de mi alma.” Ése es el cimiento desde donde el resiliente se auto-construye cuando elige no ser una víctima pasiva de las condiciones difíciles que le tocaron afrontar. Ni bien tiene las herramientas para hacerlo, decide poner a jugar a favor los dolores padecidos, para construir una vida digna y ayudar a que otros también la construyan.
También el poema dice: “Por mi alma, inconquistable en las garras de las circunstancias…”. Es así: el resiliente es afectado por lo que lo hiere solamente en su periferia: su centro permanece intacto, inconquistable, y la adversidad sólo refuerza su decisión de, ni bien le sea posible, generar sus propias circunstancias, no importa cuánto le cueste. Se va desprendiendo de las viejas pieles del pasado y decide renacer. Pero bajo sus propias condiciones: se instala en la vida aprendiendo a cuidarse y a cuidar, a hacerse respetar y a que respeten a los que todavía no pueden pararse sobre sus propios pies. Se declara autoridad de sí mismo, sin arrogancia, pues la dificultad le ha obligado a hallar dentro de sí un saber no-enseñado: brotado de su propia hondura.
Pasará por un proceso árido, a veces desgarrador, de llorar todo lo llorable: las escorias del pasado que aún tenga incrustadas bajo la piel. Le llevará tiempo indignarse, perdonar, volver a indignarse, volver a perdonar… Pero eso será sólo en una parte de sí: escucha las voces de su enojo, su impotencia, su pesar… las atiende, no las rechaza, mas sabe que si se queda en esas aguas se convertirán en pantanosas y se hundirá en ellas. El esfuerzo por salir de ese pantano, justamente, fortalecerá sus piernas para erguirse y confiar en sus posteriores pasos.
Es muy usual que el resiliente complete su proceso de elaborar las heridas del pasado cuando les da nuevo sentido al servir a otros. Su fuerza, su dignidad, su coraje, son contagiosos: ayudan a que los demás no se hundan en el propio pantano. Irradian Vida, porque están en contacto con la Vida que les anima. Bendito el que ha renacido pariéndose a sí mismo, a cualquier edad. Cada uno de ellos nos da fuerzas para el Camino que nos lleva a ser… “capitanes de nuestra alma”.
Convido aquí un poema que escribí alguna vez a partir de un verso de Neruda que dice “Pido permiso para nacer”. Lo dedico a todos los resilientes, alentadores de Vida a partir del propio Vivir…
RENACIMIENTO
Hoy volveré a nacer: pido permiso.
Permiso útero, permiso cordón prieto.
Permiso agua, placenta, oscuridades.
No podrá retenerme la tibieza
plácida y calma del vientre cobijante.
No podrán disuadirme las presiones
de este túnel de carne que hoy me puja.
Con decisión inequívoca y sagrada
determino nacer: me doy permiso.
Y aquí estoy, desnudo de corazas,
dispuesto a recibir besos y abrazos
(no la palmada que provoque el grito:
ya no permitiré que me golpeen.)
Parteros de quien vengo renaciendo,
miren quién soy: soy digno. Los recibo.
Miren quién soy: adultamente niño.
Miren quién soy: vengo a ofrecer mi entrega.
Miren quién soy: apenas si respiro,
pero, de pie, me yergo y me estremezco,
dándome a luz en mi realumbramiento.
Tengo coraje para empezar de nuevo:
fortalecido en mis fragilidades
lloro de dicha, de dolor... Lloro de parto.
Lloro disculpas a quienes no me amaron,
por el maltrato, el frío, el abandono:
lloro la herida de todo lo llorable.
Y lloro de ternura y de alegría
por tanto recibido y encontrado:
lloro las gracias por el amor nutricio,
por la bondad de los que me ampararon.
Lloro de luz, y lloro de belleza
por poder llorar: lloro gozoso.
Bienvenida es vuestra bienvenida.
Sin más queja, dolido y reparado
por la caricia de este útero abrazante,
aquí estoy: recíbanme. Soy digno.
Me perdono y perdono a quien me hiriera.
Vengo a darles y a darme íntimamente
una nueva ocasión de parimiento
a la vida que siempre mereciera.
Me la ofrezco y la tomo. Me redimo.
Con permiso o sin él, YO me lo otorgo:
me doy permiso para sentirme digno,
sin más autoridad que mi Conciencia.
Bendito sea este Renacimiento.
Virginia Gawel es Licenciada en Psicología, Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires (www.centrotranspersonal.co m.ar). Es terapeuta y pionera en la docencia de este enfoque que reúne las Psicologías de Oriente y Occidente apuntando a lo más sano del ser humano.
© Virginia Gawel
www.centrotranspersonal.co m.ar
En Facebook: http://www.facebook.com/ virginia.gawel y http://www.facebook.com/ centrotranspersonal
Este artículo fue publicado por la revista “Resiliencia Añil” en el segundo semestre de 2011. La revista está editada por la Fundación Añil (ciudad de Córdoba, Argentina), dirigida por Adelia Setto, quien despliega una labor de ayuda notable desde su propio proceso de resiliencia, a través del arte...
Cuando hace más de 25 años conocí a esta Psicología me enamoré de ella. Porque mira al ser humano no a partir de lo patológico (como el antiguo esquema), sino apoyándose en lo más sano de cada uno, sus mejores valores, ayudándole a contactar con su Esencia (porción del Todo que nos anima en lo hondo). La Psicología Transpersonal (nacida de la confluencia de los conocimientos de Occidente con las antiguas Psicologías de Oriente) considera al resiliente como alguien que, a fuerza de dolor, ha trascendido sus propias superficies para hacer contacto con la fuerza de espíritu. La vida lo tajeó de arriba a abajo, pero juntó sus pedazos para seguir en camino.
Sí: el resiliente es un renacido: alguien que no tiene, en algún momento de su vida, la posibilidad de elegir, y le es dado atravesar un trecho de su camino que está como empedrado de brasas quemantes, dolorosas… Pero, una vez atravesadas (y a veces con alguna brasa quemándole todavía…) hay un punto crucial en el que sí puede elegir. Allí, en vez de tomar la opción de quedarse en el pantano dolor, lamentando lo que le tocó en suerte… aprovechará esas brasas para templarse como el acero: fuerte, flexible, potente… pero sensitivo. Éste ha sido el punto de partida de muchos hombres y mujeres que han dejado huella: personas que partieron de la orfandad, el impedimento físico, la pobreza, la discriminación, la injusticia…
Por citar solamente algún ejemplo, tomaría el de dos Premios Nobel de la Paz: en Argentina, Adolfo Pérez Esquivel. Perdiendo tempranamente a su mamá, se crió en un orfanato en condiciones de crudeza y soledad. A los 12 años vendía diarios y con moneditas se compraba libros que su alma anhelaba absorber. La brújula de su vida lo llevó a luchar pacíficamente por los derechos de los más humildes, de los pueblos originarios, de los que no tienen voz. Ni la prisión ni la tortura lo hicieron desistir. Hoy, a los 80 años, sigue trabajando como a los 40. Nelson Mandela: perseguido, discriminado, puesto en prisión injustamente durante 27 años, cuando fue liberado, como presidente puso todo su empeño en que Sudáfrica desarrollara un proceso de perdón inteligente para los que ejercieron tanta violencia hacia las personas de su raza.
Mandela describe que en esos años de prisión lo sostuvo como una oración un poema de William Henley cuyas palabras finales son: “Soy el maestro de mi destino. Soy el capitán de mi alma.” Ése es el cimiento desde donde el resiliente se auto-construye cuando elige no ser una víctima pasiva de las condiciones difíciles que le tocaron afrontar. Ni bien tiene las herramientas para hacerlo, decide poner a jugar a favor los dolores padecidos, para construir una vida digna y ayudar a que otros también la construyan.
También el poema dice: “Por mi alma, inconquistable en las garras de las circunstancias…”. Es así: el resiliente es afectado por lo que lo hiere solamente en su periferia: su centro permanece intacto, inconquistable, y la adversidad sólo refuerza su decisión de, ni bien le sea posible, generar sus propias circunstancias, no importa cuánto le cueste. Se va desprendiendo de las viejas pieles del pasado y decide renacer. Pero bajo sus propias condiciones: se instala en la vida aprendiendo a cuidarse y a cuidar, a hacerse respetar y a que respeten a los que todavía no pueden pararse sobre sus propios pies. Se declara autoridad de sí mismo, sin arrogancia, pues la dificultad le ha obligado a hallar dentro de sí un saber no-enseñado: brotado de su propia hondura.
Pasará por un proceso árido, a veces desgarrador, de llorar todo lo llorable: las escorias del pasado que aún tenga incrustadas bajo la piel. Le llevará tiempo indignarse, perdonar, volver a indignarse, volver a perdonar… Pero eso será sólo en una parte de sí: escucha las voces de su enojo, su impotencia, su pesar… las atiende, no las rechaza, mas sabe que si se queda en esas aguas se convertirán en pantanosas y se hundirá en ellas. El esfuerzo por salir de ese pantano, justamente, fortalecerá sus piernas para erguirse y confiar en sus posteriores pasos.
Es muy usual que el resiliente complete su proceso de elaborar las heridas del pasado cuando les da nuevo sentido al servir a otros. Su fuerza, su dignidad, su coraje, son contagiosos: ayudan a que los demás no se hundan en el propio pantano. Irradian Vida, porque están en contacto con la Vida que les anima. Bendito el que ha renacido pariéndose a sí mismo, a cualquier edad. Cada uno de ellos nos da fuerzas para el Camino que nos lleva a ser… “capitanes de nuestra alma”.
Convido aquí un poema que escribí alguna vez a partir de un verso de Neruda que dice “Pido permiso para nacer”. Lo dedico a todos los resilientes, alentadores de Vida a partir del propio Vivir…
RENACIMIENTO
Hoy volveré a nacer: pido permiso.
Permiso útero, permiso cordón prieto.
Permiso agua, placenta, oscuridades.
No podrá retenerme la tibieza
plácida y calma del vientre cobijante.
No podrán disuadirme las presiones
de este túnel de carne que hoy me puja.
Con decisión inequívoca y sagrada
determino nacer: me doy permiso.
Y aquí estoy, desnudo de corazas,
dispuesto a recibir besos y abrazos
(no la palmada que provoque el grito:
ya no permitiré que me golpeen.)
Parteros de quien vengo renaciendo,
miren quién soy: soy digno. Los recibo.
Miren quién soy: adultamente niño.
Miren quién soy: vengo a ofrecer mi entrega.
Miren quién soy: apenas si respiro,
pero, de pie, me yergo y me estremezco,
dándome a luz en mi realumbramiento.
Tengo coraje para empezar de nuevo:
fortalecido en mis fragilidades
lloro de dicha, de dolor... Lloro de parto.
Lloro disculpas a quienes no me amaron,
por el maltrato, el frío, el abandono:
lloro la herida de todo lo llorable.
Y lloro de ternura y de alegría
por tanto recibido y encontrado:
lloro las gracias por el amor nutricio,
por la bondad de los que me ampararon.
Lloro de luz, y lloro de belleza
por poder llorar: lloro gozoso.
Bienvenida es vuestra bienvenida.
Sin más queja, dolido y reparado
por la caricia de este útero abrazante,
aquí estoy: recíbanme. Soy digno.
Me perdono y perdono a quien me hiriera.
Vengo a darles y a darme íntimamente
una nueva ocasión de parimiento
a la vida que siempre mereciera.
Me la ofrezco y la tomo. Me redimo.
Con permiso o sin él, YO me lo otorgo:
me doy permiso para sentirme digno,
sin más autoridad que mi Conciencia.
Bendito sea este Renacimiento.
Virginia Gawel es Licenciada en Psicología, Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires (www.centrotranspersonal.co
© Virginia Gawel
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Este artículo fue publicado por la revista “Resiliencia Añil” en el segundo semestre de 2011. La revista está editada por la Fundación Añil (ciudad de Córdoba, Argentina), dirigida por Adelia Setto, quien despliega una labor de ayuda notable desde su propio proceso de resiliencia, a través del arte...
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