La dulce voz...

                                                                                        
   Autora: Olga Rodríguez Brito

       Tenía la mirada perdida, no sabía si mi destino era ir hacia adelante o hacia atrás.
       Mis pasos eran inseguros, temerosos, me sentía cansada de tanto vagar.

          Al final del sendero vi un gran árbol, tenía una buena sombra, necesitaba descansar. Me acerqué a él y apoyé en su tronco mi cansado cuerpo.

         Poco a poco mi cuerpo se adaptó a él, me sentía cómoda y una reconfortante tranquilidad me invadió.

        Dejé que la brisa acariciara mi rostro y mi cabeza lentamente se inclinó hacia atrás, moatrándome la inmensa belleza  que albergaba el árbol.

                                     Sólo el cielo podía poner límite a tanta grandeza.

         Cerré mis ojos, en  ese momento no quería  pensar,  no quería sentir, sólo deseaba
escuchar lo que me susurraba el viento, sólo necesitaba escuchar lo que me decía el árbol.

           No sé si pasaron horas, no sabría decir si pasaron segundos, quizás el tiempo dejó de existir.

         Mi mente quedó en silencio y sentí como mi corazón me hablaba. Una dulce voz me decía  que levantara mi mirada y reconociera mi camino.

         Me dijo que no buscara muy lejos, que buscara cerca, muy cerca de mí. Tan cerca que sólo tenía que mirar en mi interior. Me explicó que buscar en mi interior era saber escuchar mis sentimientos, saber escuchar a mi corazón.

         Reconocer lo bueno y lo malo, saber distinguir entre el bien y el mal. Estar siempre activa, y aprender algo nuevo cada día.

         Pero  sobre  todo  saber compartir  cada  momento, cada cosa, cada sentimiento.
 Aprender a vivir el momento es nuestro mayor legado, así podremos construirnos un futuro mejor.  
   
  La dulce voz también me dijo que no me preocupara por nada, porque las preocupaciones no te dejan pensar.

 Me explicó que era mejor  ocuparme  de todo  con mucho respeto, por muy insignificante que me pareciera. 

                Abrí mis ojos, todo se veía diferente. Sorprendentemente, ya no me sentía cansada, mi cuerpo tenía una nueva fuerza, estaba llena de vitalidad.

   Respiré profundamente, necesitaba envolverme de este momento tan especial.  Mis ideas eran claras, mi mente se colmaba de nuevos proyectos.

Deseaba emprender mi nuevo camino.

      Me puse en pie y levanté mi mirada. Pude contemplar al árbol en su totalidad, seguía tan grandioso como antes, pero ahora pude distinguir su verdadera belleza.

             La belleza que lo envolvía era la paz, la serenidad. Parecía que desde su altura todo lo podía controlar, y eso lo hacía dueño de una increíble fortaleza.

              Emprendí mi camino, mis pasos seguros me guiaban a un renovado destino.

     Al escuchar la voz de mi corazón encontré el verdadero significado de mi existencia.

              Ahora todo me resulta más fácil y cuando aparece un problema, me ocupo de él y se convierte en una nueva oportunidad.

                                                                   


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